Alguna vez he dicho que películas sobre el holocausto hay unas cuantas docenas, así que si uno quiere sobresalir en ésta temática, ha de presentar algo que no hayamos visto ya infinidad de veces.
Las películas basadas en el Holocausto generalmente son de tres tipos, las que pretenden provocar lágrima fácil (véase La Lista de Schlinder), las estilo documental (La Zona Gris) y las basadas en personajes reales como la que presento hoy.
Nuestro protagonista de hoy es, o mejor dicho era Wladyslaw Szpilman (Adrien Brody), El Pianista. Sus vivencias, tal vez no demasiado diferentes a las que vivieron otros tantos miles de seres humanos, que el único crimen que habían cometido, es el de ser Judíos. OJO SPOILERS!!
Polanski nos presenta esta producción de 150 minutos de duración como si de una obra de teatro se tratara. Tres actos claramente diferenciados. En el primero, la apertura, vemos como entre 1938 y 1939, los ciudadanos Judíos de toda Polonia ven con asombro como paso a paso y de una forma que es terroríficamente y perversamente permisiva por parte de otros países del viejo continente, se les va humillando y pisoteando cada vez más y más.
En segundo acto, el nudo, Polanski pone toda la carne en el asador para mostrar de una forma brillante el horrible mundo del infame Ghetto de Varsovia, que él mismo conoció. Aquí no existen derechos humanos. Falta comida, falta trabajo, falta sitio y los cadáveres se amontonan en las aceras.
Este acto se podría decir que finaliza con la deportación de la familia de Szpilman a Treblinka y de la que él se libra por los pelos. Parece que lo peor ya ha acabado, pero nada más lejos de la realidad.
El tercer y último acto, desenlace podría decirse, es la muestra del instinto de supervivencia del ser humano. Szpilman pasa tres años encerrado en diferentes pisos de Varsovia, pasando hambre y enfermedades en completa soledad. Sus deámbulos por una Varsovia en ruinas narran brevemente hacia el final de la película el encuentro de nuestro protagonista con un oficial alemán (Thomas Kretschmann) que no solo respeta su escondite sino que lo alimenta de vez en cuando.
Este oficial murió en 1952 preso de los soviéticos así que nunca se llegó a saber por qué ayudó a Szpilman. Tal vez lo hizo en un intento de dejar constancia de que no todos los alemanes eran monstruos o quizás simplemente fue un hecho de indiferencia ante una inminente pérdida de la guerra. La cuestión es que el espectador agradece esta pequeña muestra de humanidad, en una cinta repleta de pesadillas.
Mi propia conclusión es que Polanski ha querido dejar reflejo de que mientras toda Alemania fue crucificada después de la guerra por sembrar el terror en el mundo, la mayor parte de Europa se limitó a mirar hacia otro lado cuando Hitler subía como la espuma. Y este oficial alemán, tal vez sea la muestra de que aún queda bondad y moral en este maltrecho mundo.
No me atrevería a decir que El Pianista es la mejor película sobre el Holocausto. Pero desde luego si una de las más angustiantes y con una enorme carga emocional.
Las películas basadas en el Holocausto generalmente son de tres tipos, las que pretenden provocar lágrima fácil (véase La Lista de Schlinder), las estilo documental (La Zona Gris) y las basadas en personajes reales como la que presento hoy.Nuestro protagonista de hoy es, o mejor dicho era Wladyslaw Szpilman (Adrien Brody), El Pianista. Sus vivencias, tal vez no demasiado diferentes a las que vivieron otros tantos miles de seres humanos, que el único crimen que habían cometido, es el de ser Judíos. OJO SPOILERS!!
Polanski nos presenta esta producción de 150 minutos de duración como si de una obra de teatro se tratara. Tres actos claramente diferenciados. En el primero, la apertura, vemos como entre 1938 y 1939, los ciudadanos Judíos de toda Polonia ven con asombro como paso a paso y de una forma que es terroríficamente y perversamente permisiva por parte de otros países del viejo continente, se les va humillando y pisoteando cada vez más y más.
En segundo acto, el nudo, Polanski pone toda la carne en el asador para mostrar de una forma brillante el horrible mundo del infame Ghetto de Varsovia, que él mismo conoció. Aquí no existen derechos humanos. Falta comida, falta trabajo, falta sitio y los cadáveres se amontonan en las aceras.
Este acto se podría decir que finaliza con la deportación de la familia de Szpilman a Treblinka y de la que él se libra por los pelos. Parece que lo peor ya ha acabado, pero nada más lejos de la realidad.
El tercer y último acto, desenlace podría decirse, es la muestra del instinto de supervivencia del ser humano. Szpilman pasa tres años encerrado en diferentes pisos de Varsovia, pasando hambre y enfermedades en completa soledad. Sus deámbulos por una Varsovia en ruinas narran brevemente hacia el final de la película el encuentro de nuestro protagonista con un oficial alemán (Thomas Kretschmann) que no solo respeta su escondite sino que lo alimenta de vez en cuando.
Este oficial murió en 1952 preso de los soviéticos así que nunca se llegó a saber por qué ayudó a Szpilman. Tal vez lo hizo en un intento de dejar constancia de que no todos los alemanes eran monstruos o quizás simplemente fue un hecho de indiferencia ante una inminente pérdida de la guerra. La cuestión es que el espectador agradece esta pequeña muestra de humanidad, en una cinta repleta de pesadillas.
Mi propia conclusión es que Polanski ha querido dejar reflejo de que mientras toda Alemania fue crucificada después de la guerra por sembrar el terror en el mundo, la mayor parte de Europa se limitó a mirar hacia otro lado cuando Hitler subía como la espuma. Y este oficial alemán, tal vez sea la muestra de que aún queda bondad y moral en este maltrecho mundo.
No me atrevería a decir que El Pianista es la mejor película sobre el Holocausto. Pero desde luego si una de las más angustiantes y con una enorme carga emocional.


