Desde que se puso de moda adaptar cualquier novela a la gran pantalla pues se había visto que era una forma rápida de hacer dinero, algunos directores como Peter Jackson hacían su particular agosto con el Señor de los Anillos y a su vez Harry Potter ganaba terreno situándose entre las películas más taquilleras de los últimos tiempos.
La historia se presenta de una forma desordenada en la que aparecen y desaparecen personajes casi sin darte cuenta y de una manera irritante, en medio de un escenario que mezcla un mundo futurista al más puro estilo Julio Verne en el que existen dirigibles nucleares, combinado con carruajes de caballos propios de la Inglaterra Victoriana.
La película intenta trasmitir un exceso de información y ello impacta negativamente en la trama. Apenas hay tiempo para digerir nada. Cuando uno está viendo la película se pregunta, “quien es ese oso”? “quien es ese cowboy”? “y esa bruja”? “porque Daniel Craig apenas sale”? “porqué todo el mundo lleva animales a su lado”?... preguntas y más preguntas que hacen que el espectador acabe por no entender nada.
Sin embargo lo peor de todo es que la historia podía haber llegado a ser realmente atractiva, y después de todos los cabos sueltos que deja esta entrega, al menos a mí, me quedaron las ganas de ver más en una segunda entrega, una segunda entrega que nunca llegará.
